Cuentos y relatos

La pesadilla de María

lucesdenavidadMaría se despertó algo inquieta. Se levantó de la cama y, sin perder un minuto, se fue a buscar a José, que estaba recogiendo madera para ponerse a trabajar en el taller. El sol estaba a punto de salir por el horizonte.
– José, tengo que contarte el sueño que he tenido-, le dijo justo después de estamparle un beso en la mejilla.

– ¿No nos tendremos que ir otra vez a Egipto, verdad, María? -, le respondió él con una sonrisa nerviosa.

Aquella chica dulce y con los mofletes sonrosados se echó a reír. Justo cuando los primeros rayos de sol empezaron a bañar la cara de aquellos dos jóvenes abrazados, su niño comenzó a llorar. Ambos entraron en casa rápido, sin pensárselo dos veces, y fue José el que cogió a aquel bebé que en unos días iba a cumplir un añito. Cuando lograron calmarle se sentaron a tomar algo caliente porque hacía mucho frío. Mientras que José calentaba la leche, la madre cogió a su hijo y, meciéndole como ella solo sabía hacer, haciéndole cosquillas en los pies, consiguió adormilarlo de nuevo.

– María cuéntame el sueño, pero no me asustes que nos conocemos…-, le dijo él mientras encendía el fuego.

María, con los ojos iluminados, empezó a narrar el sueño que había tenido aquella noche. Una pesadilla que le había parecido demasiado real:

-Pues mira, llegó el cumpleaños de Jesús y vi que ciudades enteras se llenaban de luces de colores. También engalanaban los árboles con bolas luminosas y estrellas. ¡Era impresionante, nunca había visto nada igual antes! Todos iban a celebrar que nuestro niñito había nacido y yo me sentía muy agradecida y muy bendecida. Algunos se ponían a comprarle regalos y muchos se disfrazaban como los tres sabios de Oriente, que acogían en la plaza a los más pequeños de la casa como si fuera nuestro bebé. Después sus padres compraban comida para festejar el cumpleaños de nuestro niño. Sentí una alegría tan grande en ese momento, José… La misma que cuando fui a visitar a Isabel y su niño le dio unas cuantas patadas en la barriga al verme. ¡Igual!

Pero José, al que le encantaba oír a su mujer porque ella contaba sus vivencias como si fueran un cuento, le interrumpió esta vez:

– ¡Pero no te entiendo, María! ¿Y entonces por qué estás con esos ojillos? Qué nos conocemos y sé que estás un poco triste…

María le contestó:

– Es que no entiendo lo que ha pasado. ¡No lo entiendo, de verdad! Justo cuando estaban en medio de la gran fiesta por nuestro bebé, con todo preparado… Justo en ese momento…

María apretó a su hijo en ese instante contra su pecho y José le miró enamorado como el primer día, aunque algo preocupado:

– Justo en ese momento, José, se olvidaron de nuestro niño. Empezaron a comer y a beber y al final de la celebración ellos mismos se empezaron a dar unos a otros los regalos que yo creía que iban a darle a nuestro Jesús. No lo he llegado a comprender.

José le abrazó y le dijo:

– No te preocupes María. Ha sido sólo una pesadilla. Las hemos tenido peores, recuerda.

Ella se le abalanzó al cuello y le dio un beso de agradecimiento que resonó por toda la casa. Como José se iba a trabajar, María le dejó unos segundos a Jesús, al que José elevó hacia el cielo. Le encantaba jugar con esa criaturilla tan pequeña que le habían regalado.

Cuando José se fue al taller, María, mucho más tranquila después de haberse desahogado con su esposo, se quedó adormilada en la silla. Pero, justo cuando empezaba a cerrar los ojos, llamaron a la puerta. Era Josué, un hombre que a menudo iba a pedirles comida por las mañanas, porque no tenía qué llevarle de comer a sus hijos. María le recibió más efusiva que nunca. Aliviada.

– ¡Qué alegría Josué, justo a tiempo! ¡Pasa, pasa! ¡Menos mal que has venido! He tenido un sueño en el que estabas tumbado en las calles de una gran ciudad, con mi niño en brazos y nadie os hacía caso. ¡Menos mal que estabas tú allí! Siéntate mientras te preparo algo calentito, que hace mucho frío. ¿Puedes coger un momento a Jesús? ¡Mira que grande está! ¡Mira quién está aquí, Jesusín!

(Dedicado a mi madre, que me ha contado un cuento parecido que escuchó ayer en la radio y sobre el que he echado a volar mi imaginación y mi oración).

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