Cuentos y relatos

¿En la cama o en la cárcel?

dormir¡Qué bien se está tumbado en una cama recién deshecha! Es un gustazo quitarte las zapatillas y los calcetines, deshacer las sábanas y echar tu cabeza en la almohada, acolchada y fresca. Metido debajo del edredón, también es un placer divino notar, antes de suspirar profundamente, un refrescante olor a colonia. Ese momento siempre es apacible, pero hay que escribirlo con mayúsculas cuando es la primera vez que lo disfrutas en mucho tiempo. Yo tuve una sensación parecida a la que he descrito el 19 de abril de 2015, hace cerca de dos años.

Llevaba varios meses durmiendo en una celda, entre barrotes, sobre una tabla dura y desangelada. De madera. Ni siquiera podía usar mis propias manos como almohada, porque tenía las muñecas heridas y desgastadas por los grilletes. Sólo podía despojarme de ellos cuando volvía por la noche a mi cubículo. Nueve horas después del toque de queda abrían de nuevo la reja. Y nunca se olvidaban de encadenarme.

Quiero hacer una aclaración. Estar en la cárcel no siempre está tan mal. Te acostumbras. Al fin y al cabo terminas haciendo amigos en el patio, puedes jugar a las cartas alguna tarde que otra y te llevas a la boca comida más o menos aceptable. Lo malo es que, cada cierto tiempo, todo te recuerda que eres un criminal. Que estás allí por algo. Y recuerdas que estás rodeado de otros criminales que no son mejores ni peores que tú, aunque yo me dedicaba a juzgarlos para sentirme algo mejor: “¿Habrá cometido este un crimen peor que yo? ¿Quién será un asesino y quién estará condenado por un hurto menor?”

Pero, sin esperarlo, llegó aquel día de primavera que nunca podré olvidar. El 19 de abril de 2015. El momento en el que me liberaron de mis cadenas y me dejaron irme a casa lo tengo grabado en la retina como un tatuaje en la piel, pero sólo comencé a darme cuenta de que era libre aquella noche, cuando me tumbé en mi cama. Con la luz apagada, la luz lo invadió todo por fin. Sentí una alegría tan grande, tan profunda, que empecé a sonreír como un bebé que, después de llorar amargamente, se siente acurrucado entre los brazos de su madre. Y dormí profundamente. ¡Cómo nunca!

Tuve esa misma sensación un día tras otro, durante bastantes meses. Pero una noche, sin saber por qué, me costó dormirme unos minutos. Encendí la luz para leer un libro y vi mis muñecas. Me asusté al ver las cicatrices que habían dejado las cadenas. Me sentí turbado. Incómodo. Empecé a imaginarme que quizás estaba mejor en la celda, que no merecía ser libre. “¿Por qué me liberaron?”, me llegué a preguntar. Tengo que confesar que lo hicieron sin explicarme los motivos, a pesar de que todo el mundo sabía, yo el primero, de que me quedaban muchos años de condena. Demasiados.

Hoy cuando me vuelva a meter en la cama, después de quitarme los calcetines, volveré a repetirme, con una sonrisa traviesa: “¡Soy libre! ¡Soy libre!” Pero espero que no me cueste mucho dormirme. Si ocurre, Dios no lo quiera, podría volver de nuevo a mi mente la duda que más temo, lo mismo que a las rejas de la cárcel: “¿Qué ocurrirá si vuelven a apresarme? ¿Y si mañana me despierto y vuelven a ponerme los grilletes? ¿Y si se han confundido y, revisando el papeleo, se dan cuenta los funcionarios de prisiones de su error y vuelven a encerrarme?”. Os aseguro que, en esos momentos de angustia, aunque esté con la cabeza sobre una almohada fresca y perfumada, vuelvo a vivir por unos instantes en aquella celda oscura. A la que no quiero volver. Nunca.

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