Cuentos y relatos

¿Pero tu novieta no será del Betis?

betisCuando salí del cine aquella noche, después de ver otra película de Hollywood con final amargo muy típica de la era posmoderna, mi corazón empezó a latir con demasiada fuerza. Con rabia. Intentaba buscar su sitio en el pecho, pero no podía. No se encontraba tranquilo. Y yo tampoco. Tanto él como yo queríamos gritar. Muy fuerte.

El día comenzó a torcerse a media mañana. Me levanté de buen humor y, confiado, me fui a la oficina. Aproveché la hora del café para confesarle a un colega que había decidido cambiar de aires y hacer lo que más me gustaba: dedicarme a  pintar cuadros. Sólo esperaba palabras de ánimo, un poco de comprensión, unas palmaditas en la espalda. Y ya está. Pero, como un padre de la antigua escuela, me dijo lo siguiente: “¿Seguro tío? Ten cuidado, de algo hay que comer. Aquí estamos muy bien”.

Alicaído, con mis sueños frustrados, porque no era la persona con más autoestima del planeta y su opinión echó por tierra mis planes de huida y acrecentó mis miedos, me senté en mi asiento. Pero no pude calentar demasiado la silla porque el jefe nos llevó a una salita para decirnos en una asamblea grupal que no éramos lo suficientemente productivos, que estábamos en una época de recortes y que, o espabilábamos o pronto nos pondrían de patitas en la calle. “Yo que vosotros me esforzaría más. Os lo aviso, las cosas están muy mal”, nos dijo. No dije lo que pensaba: “Señor jefe, tengo una pregunta. En otro orden de cosas, ¿cuándo nos vas a empezar a pagar las horas extra?”

A la hora de la comida, comiendo pollo con puré en el comedor, pusimos a caldo al jefe. Como de costumbre. Yo acabé siendo el más bestia de todos los compañeros y acabé sintiéndome culpable. Así que por la tarde me fui a confesar a la parroquia de mi barrio. Pero incluso el cura me lo quiso poner más difícil. Después del Ave María Purísima y de contarle mis insultos, me soltó: “¿Estás seguro de que te arrepientes?”. “Por eso estoy aquí, Padre”, le respondí con buena cintura. Pero volvió a insistir: “¿Pero no viniste la semana pasada con lo mismo?”. “Soy un pecador, padre. Un pecador redomado”, le dije frustrado. Al final me dio la absolución, pero le costó al pobre hombre.

Por eso me metí en el cine. Solo. Sin nadie. Para disfrutar de una comedia de la que todo el mundo hablaba bien en las redes sociales con unas buenas palomitas y una Cocacola. Quería desconectar de una vez de aquel mundo hostil, que nadie me cantara las cuarenta y no recibir por un rato más lecciones. Pero la ley de Murphy volvió a jugarme una mala pasada y la película acabó mal. Recordándome que los sueños no se cumplen.

A la salida, me puse a hablar con Dios en voz alta, muy alta. Casi gritando. Los vecinos pensarían que estaba loco. Y tenían sus motivos. Pero yo, haciendo caso omiso al resto de los viandantes, le espeté cabreado al Creador, como si no hubiera un mañana, mi cantinela: “¿Por qué todo el mundo quiere ponerme la zancadilla hoy? ¿Tú tampoco estás contento conmigo? ¿También me vas a dejar de querer porque a veces se me cruza el cable? ¿Y mis sueños? ¿Tampoco te gustan? Por cierto, vaya cómo se ha lucido hoy tu representante…” Cuando llegué a casa intenté buscar una respuesta a mi día de mierda en el libro que inspiró el Todopoderoso. Abrí la Biblia al azar, pero me topé con una palabra que no entendía: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Y la cerré desencantado para meterme en la cama.

Mientras me lavaba los dientes, recibí una llamada en el móvil. Era el comodín de la llamada. Y sí, era mi madre, sevillana y sevillista por los cuatro costados. “Hijo, sólo quería decirte que te quiero mucho. ¡Muchísimo!” Y yo le respondí probándole: “Mami, ¿pero me seguirás queriendo y diciéndome estas cosas tan bonitas si te digo que voy a dejar el trabajo, que me voy a hacer un piercing y un tatuaje en el hombro, que me he hecho vegetariano y que me voy a echar una novia malagueña?” Y su respuesta me dejó claro que no todo estaba perdido en este mundo: “Antes de contestarte tengo una pregunta que hacerte hijo. Es muy seria. ¿Pero esa novieta tuya no será del Betis, no?” Y así entendí que Dios seguía en mi equipo aunque mi novia fuera del Betis. O aunque yo me hiciera del Betis, que es mucho más grave.

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