Cuentos y relatos

Prefiero volar

maxresdefaultLa gente corriente está acostumbrada a caminar. Algunos caminos son empinados y sinuosos. Otros están llenos de rocas. Al danzar por las travesías del mundo, las personas tratan de evitar a toda costa el desierto. Suelen preferir el bosque. Allí encuentran senderos que les parecen infinitos y consoladores, porque están repletos de flores. Pero a veces deben tener cuidado. En esas sendas las flores silvestres, las flores carnívoras y las margaritas forman parte de un mismo ramillete. Yo lo he comprobado. Por eso prefiero ser un pájaro. Prefiero volar.

Me gusta ser una pequeña golondrina que planea por el cielo rodeado de otras golondrinas, palomas, cigüeñas, búhos y cinco mil especies distintas que funden su alma con el aire y aspiran a planear tan alto como el águila imperial.

Hay otras personas que, en vez de pisar tierra firme, prefieren ser pájaros como yo. A lo largo de los últimos años, han surcado conmigo mares, han reposado en islas extravagantes e inesperadas y han cantado junto a mí melodías armoniosas mientras buscábamos la siguiente primavera. Pero a veces, y lo sé por experiencia, las golondrinas nos cansamos o sufrimos el ataque de algún murciélago. El miedo nos lleva a aterrizar en el suelo y a convertir de nuevo las alas inestables en piernas seguras.

Lo más difícil es volver a alzar el vuelo. Pero he descubierto que cuando, después de perder la bandada, con las alas rotas, me revolcaba en el suelo y decidía que ya era hora de dejar de volar para siempre, había un pájaro bondadoso que escuchaba mis sueños y que, cuando me encontraba adormilado y derrotado, construía un nido y me acomodaba en él. Cuando despertaba sobre aquel colchón de vegetación húmeda, me había dejado comida para que pudiera recuperar las fuerzas. Nunca he visto a ese pájaro porque intuyo que está demasiado ocupado rescatando a otras golondrinas aventureras pero torpes como yo.

Mientras me recupero de una caída hay algo que me duele mucho más que las alas rotas. Es pensar que mi antigua bandada seguía volando sin percatarse de mi ausencia, aunque a veces echara de menos mis cantos o mi buen olfato para decidir el siguiente destino. Pero en el fondo les entiendo. A mi me ha pasado lo mismo demasiadas veces. Pocas veces me he parado a recoger a otros pájaros que se quedaban descolgados.

Cuando hoy, con las alas recuperadas después de que hayan pasado unos meses desde mi último accidente, he vuelto a divisar el paisaje desde el nido, he pensado en mi rescatador. ¿Será un águila imperial? ¿Una cigüeña? ¿Una paloma? ¿O una golondrina como yo? Y aunque me ha dado pánico saltar del nido por si volvía a acabar agotado o me cansaba en algún momento de seguir recorriendo el mundo entre las nubes aunque las vistas sean apasionantes, he pensado que igual que una vez quise dejar de caminar porque el bosque se me quedaba pequeño y en el desierto hace demasiado calor por el día y demasiado frío por la noche, tenía que volver a hacerlo. Me encanta volar.

Tengo el espíritu de un águila imperial que quiere conquistar el cielo pero también soy realista. Esta vez no quiero ir en una bandada uniforme. Pero tampoco aspiro a devorar a mis presas porque con mi pico de golondrina, con franqueza, no podré hacerlo. Al principio he pensado que quería ser como mi maestro. Divisar a las golondrinas que se cansan y rescatarlas. Pero, siendo de nuevo sincero, mis pequeñas alas no tienen tanta fuerza para levantar a nadie. Al rato he tenido una idea mucho idea brillante. Me integraré de nuevo en una bandada y, cuando vea que un pájaro vuela más bajo de lo normal o una persona corriente me lance un grito desde la tierra porque desea volar, piaré fuerte, muy fuerte, para que el señor del cielo entre en acción y les ayude con paciencia.

Quiero que haya más golondrinas que, junto a mí, puedan surcar los mares y divisar lo maravilloso que es el sol, la luna y el horizonte de cerca, porque sientes que estás a punto de tocarlos.

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