Cuentos y relatos

500 kilómetros

 “¡Llora! No te avergüences​ de confesar que me quisiste un poco. ¡Llora! Nadie nos mira. Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro”

Raquel estaba a punto de meterse en el tren. Tenía que recorrer más de medio millar de kilómetros hasta Santiago de Compostela, cerca de 500 kilómetros y más de seis horas sobre los raíles que irían desgarrando su corazón poco a poco. No quería separarse de mí y, en ese instante de su vida, sabía que pagaría lo que fuera por quedarse en Madrid. Y yo, mientras la abrazaba, la besaba y la volvía a abrazar, le recité estos versos de Bécquer que aprendí de pequeño en casa. Y que salían como una cantinela de los labios de mi madre cuando cogía algún berrinche. Esa estrofa era la única forma que se me ocurrió de sacarle una mueca que se pareciera lo más posible a una sonrisa.

Me hice el duro. Pero en el fondo el que tenía unas ganas de llorar inmensas era yo, que no quería alejarme otra vez de aquella chica bajita, castaña, con ojos brillantes y sonrisa elegante que me había secuestrado el alma, y que conseguía día a día sacar lo mejor de mi mismo. Creía que nadie, absolutamente nadie, iba a romper esa muralla de hormigón que había construido a mi alrededor para defenderme de los golpes y de las decepciones de la vida. Pero al final esa chica, Raquel, mi chica, había conseguido derrumbarlo como si soplara la llama de una vela de una tarta de cumpleaños. Nos dimos un beso, me di la vuelta cabizbajo y, aunque tenía unas ganas enormes de mirar hacia atrás y decirle adiós con la mano, no lo hice. No quería alargar ese momento y, seguro de que me observaba, aligeré el paso sin girarme.

Habíamos pasado dos semanas enormes. Muy felices. Lo necesitábamos. Los mejores 15 días del último año. Sin duda. Hasta ese momento todo había sido sudor y lágrimas. Trabajo y tragedia. Hace seis meses murieron los padres de mi chica en la ruleta rusa del destino, un accidente de tráfico. Desde el funeral, la última vez que me pude pillar varios días seguidos de descanso en la fábrica, sólo nos hemos visto los fines de semana. Demasiado poco en unos momentos tan duros para Raquel, que se había quedado a cargo de su hermana pequeña de 12 años. Esas dos semanas que habíamos reservado para desconectar se había quedado con sus primos, aunque mi novia la llamaba todos los días varias veces.

Esto era lo que pensaba cuando me metí en el coche de nuevo y me dirigía a mi casa apesadumbrado por la M30. Y mi corazón perdió la cordura. Tomé una decisión en caliente. Fue la decisión más acertada de mi vida. Aunque estuve apunto de morir en el intento porque me cambié de carril de un volantazo para tomar la nueva dirección que quería recorrer en la vida.

La siguiente vez que vi a mi Raquelita fue en la estación de tren de Santiago, seis horas después de que nos hubiéramos separado. Cuando al bajar del tren me vio en el andén casi se muere del susto. Todavía me lo recuerda. Pero había decidido que no pasaría ni un día más sin ella e, incumpliendo todas las normas de velocidad, fui a Galicia, sin equipaje ni nada, para comenzar una nueva vida junto a ella. El trabajo, la ropa y los cachivaches que acumulaba no me importaban. Ya los recuperaría. Sólo quería estar junto a ella, secarle las lágrimas y ayudar a curar un corazón muy herido al que yo quería sacar una sonrisa. En el coche tampoco pensaba grandes cosas. Solo cantaba y pensaba: “Ya me buscaré sobre la marcha un hostal para dormir”.

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