Cuentos y relatos

El árbol y la cruz

17290033Cuando me sentaba bajo aquel árbol solitario que había en lo alto del monte, mirando el horizonte, mis pies encontraban descanso, mis pensamientos se aquietaban y mi corazón volvía a recobrar la vida. De niño, me gustaba subirme a sus ramas y observar cómo los pájaros canturreaban. De adolescente, me imaginaba historias bajo sus hojas verdes y frondosas y que allí le daría el primer beso a una chica. Y ahora, en plena madurez, miro con alegría aquel tronco cortado, y me siento en él con alegría y esperanza, aunque un día hace tres años talaron mi árbol y lloré. ¡Vaya si lloré!

Recuerdo perfectamente aquella tarde de un jueves de primavera. Mientras canturreaba por el bosque y pensaba en mis pequeñas cosas, unos hombres uniformados y con cara agria vinieron a cortar madera. “¿Y si talan mi árbol?”, pensé a la vez que sentía un pinchazo en las tripas. Pero no hice nada. Sólo empecé a gritar cuando vi que subían al último monte que les quedaba por esquilmar y que se dirigían con decisión a mi árbol solitario. “¡Dejadlo en paz!”. “¡Es mi vida!”. “¡Es el árbol de mi vida!”, creo que repetí en varias ocasiones desgañitándome como un loco al que arrebatan su pequeño remanso de paz. Pero tuve miedo y salí corriendo.

Siempre me había gustado admirar aquel tronco recio. Centenario. Con unas raíces bien fundadas en la tierra, que se alimentaban de la lluvia que bajaba del cielo. Mi árbol era especial. Pero aquellos hombres con sus hachas empezaron a destrozar aquella fuente de vida, que resguardaba mis sueños y que era testigo de mis ilusiones. Mientras bajaba del monte, les oía asestar golpe tras golpe sobre la madera. Y, a la vez que huía despavorido, mis lágrimas se resbalaban por mis mejillas sin que lograra mover ningún otro músculo de mi rostro. Mi sufrimiento era tan profundo que me había quedado completamente paralizado.

Durante toda la tarde empecé a sentir cómo todos los momentos buenos de los que había sido testigo aquel árbol de vida se desvanecían. Mi alegría se convertía en llanto. Mi danza en luto. Mi poesía en prosa estéril.

Aquella noche del jueves, después de cenar, algo más calmado, salí a mirar las estrellas para buscar algún destello de luz. Un nuevo rumbo. Pero me encontré nubes rojas y a un hombre más afligido y triste que yo con las rodillas clavadas en la tierra. “A él también le habrán cortado el árbol de su vida”, creo que pensé. Sudaba sangre y aunque me acarició con su mirada, salí corriendo. Más tarde, desde casa, escuché algunos gritos. Muchos soldados. Detenciones. Llantos. Pero no me atreví a salir de la cama.

Al día siguiente, el viernes, cuando bajé a la ciudad, todo era distinto. Me encontré en las calles con un hombre que arrastraba una cruz y a mucha gente a su alrededor. Se cayó. Cuando vi sus ojos me di cuenta de que era el mismo que había visto la noche anterior. Aquel joven se cayó de nuevo. Miré su rostro ensangrentado algo avergonzado, pensando que me había desmoronado porque habían talado mi árbol mientras que aquel inocente iba a perder su propia vida. Volvió a caerse. Desde el suelo, aquel hombre magullado me sonrió. En aquel instante tuve la certeza de que la madera en la que iba a colgar a ese joven era la de mi árbol. Y como cargaba con la fuente de mi vida, la misma que yo no había sabido defender apenas veinticuatro horas antes, me pegué a él como si llevara sobre sus hombros mi mayor tesoro. Por puro egoísmo.

Cuando elevaron a ese hombre en la cruz, me quedé paralizado. Muchos lloraban. Otros le insultaban. Pero yo, como un niño pequeño caprichoso, sólo podía pensar: “¡Ahí, en lo alto de este monte, está mi árbol!” “¡Ahí está mi árbol!” Me fui corriendo porque no pude aguantar más el llanto de la madre de aquel hombre, porque yo seguía siendo un cobarde. Me pasé el sábado pensando en aquel hombre coronado con espinas que, cuando cargaba con su cruz, mi árbol talado, me echó una mirada que traspasó mi alma.

El domingo, cuando me levanté por la mañana, me desperecé y me asomé a la ventana. Aún estaba triste. Vi que alguien vestido de blanco rondaba la puerta de mi casa. Estaba de espalda, mirando al monte. Y empezó a andar hasta lo alto de la cima donde el jueves habían cortado mi árbol. Salí corriendo de mi casa y le perseguí. Pero hasta que llegamos a lo algo del monte no logré alcanzarle.

Puso una mano sobre mi hombro. Su mirada me resultó muy familiar. No le conocía, pero aquellos ojos ilusionados los había visto antes. Estaba seguro. Entonces, se sentó en el tronco de mi árbol talado, y me dijo: “Soy Jesús. No te inquietes por tu árbol cortado, que yo soy tu nuevo árbol, el árbol de tu vida. Tú eres una pequeña rama que estará siempre unida a mi y, aunque te poden, haga frío y se te caigan las hojas, yo estaré contigo todos los días hasta el fin del mundo. ¡Sé valiente y sígueme!”.

Desde aquel encuentro con Jesús mi llanto se convirtió de nuevo en alegría. Mi luto en danza. Y mi prosa estéril en poesía.

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