Cuentos y relatos

La luz de Mehmed

homeless-2223116_960_720Por la mañana, cuando llego al trabajo, hay un hombre sentado en la puerta del bar de al lado de mi oficina. Se llama Mehmed. Suele estar tumbado o sentado en el suelo, junto a un vaso de café de plástico con algunos céntimos. Es lo que ahora, para maquillar la realidad, llamamos  un “homeless”. Una tarde se me escapó a mi esa palabreja inglesa en una conversación y sentí que estaba traicionándome a mí mismo.

El otro día vi a Mehmed enjuagándose la boca con una botella de plástico y escupiendo en una esquina. Mehmed también se lava los dientes por las mañana, aunque aquella instantánea no fue la más agradable, la verdad. Sentí cierto asco. Cuando llueve, Mehmed se mete bajo sus cartones debajo de la puerta de una oficina bancaria que ha cerrado por la crisis. A él le vino bien que cerrara. A mi me cabreó porque en ese cajero no me cobraban comisiones. Qué dura es la vida.

Al principio solo le observaba. Casi nunca pedía directamente dinero a ningún viandante estresado del barrio de Salamanca. Un día me atreví, le miré y le sonreí. Y le pregunté su nombre. Por eso sé que se llama Mehmed. Después de ese paso que di, me pedía un cigarrillo de vez en cuando si me veía fumando. Cuando le di el primero, me pidió dos. Y cuando le ofrecía dos, me pedía tres. Y ahí es cuando yo le digo que no.

Alguna vez le he dado alguna moneda y, en un par de ocasiones, le he comprado un café. En cambio, la mayoría de las veces le digo -y me digo- que no puedo o que no tengo suelto. A veces es verdad, porque pago casi siempre con tarjeta desde que cerraron el cajero. En otras ocasiones, directamente, le miento. Y me justifico pensando: “¿Cómo le dé la mano me querrá coger el brazo entero?”

Algunos días, cuando parece que está pensando -¿en qué pensará?-, no le saludo. En otras ocasiones voy absorto yo y llego a la oficina sin ni siquiera haberme dado cuenta de que Mehmed estaba en la calle. Su casa. Como siempre. Otros días, cuando no me veo con fuerzas de saludarle, le pido a Dios que sea Él quien le salude. Quizás sea una manera de autojustificarme. O no. En el fondo, Mehmed y yo somos muy parecidos. Pero yo no mendigo dinero sino aceptación: de Dios, de los demás y de mi mismo.

Pienso que Mehmed, su pobreza extrema, su techo desangelado y esa falta de higiene que en ocasiones me provoca ternura y, en otras muchas, rechazo, me grita. Me ilumina. Porque él está ahí siempre tirado y deambulando por las calles de Madrid, mientras que yo me agobio tanto si voy a demasiada velocidad por la vida como si me aburro en casa sin ningún plan motivante y deslumbrador. Pero el que de verdad me deslumbra y me hace cuestionarme lo que hago y lo que soy es Mehmed. Por eso a veces solo me atrevo a intercambiar unas pocas palabras con él -prácticamente no sabe español a pesar de que lleva al menos dos años en Madrid- y a mirarle unos pocos segundos. Porque si me ilumina demasiado quizás me obligue a cambiar. Y cambiar duele.

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