Mi reloj suele ser testigo de cómo desperdicio mi vida, pero aquella tarde se convirtió en un trampolín. Era viernes por la tarde. Me iba a pasar el fin de semana a Sevilla con unos amigos. Necesitaba desconectar. Y beber. Pasar página. Y beber. Miré el reloj. Aún faltaban quince minutos para que saliera mi tren, así que me encendí un pitillo en la puerta de la estación. Con mi mochila en la espalda, vi a una chica pelirroja pasar. Me puse melancólico y tontorrón. Me recordó a Carmen, la mujer que hace unos días no me dejaba dormir por las noches porque quería que la abrazara y algo más. Carmen también tenía el pelo anaranjado. Y me había dejado tirado.

      Arrojé la colilla al suelo y la pisé con ganas. Miré de nuevo el reloj. “¿Sigue faltando un cuarto de hora para que salga el tren?”, me pregunté. Y mi corazón respondió dando un brinco. El reloj se había parado y el tren estaba a punto de salir. “Eso me pasa por comprármelo en los chinos”, refunfuñé por el camino. Corrí casi sin respirar, con el humo de la última calada aún en mis pulmones, por los pasillos de la estación. Pasé el arco de seguridad planeando como una paloma torpe que quiere huir de los niños en el parque, le tiré a la cara el billete al revisor y logré entrar en el vagón por los pelos mientras gritaba como un loco.

—¡Perdón! ¡Dejadme paso! ¡Qué lo pierdo!

      Cuando sonó un leve pitido a mi espalda y se cerraron las puertas, suspiré. Estaba dentro.

      Me dirigí a mi asiento, pero había una chica sentada. “¿Por qué me pasa todo a mí? ¿Tiene que ser la maldita chica pelirroja que me encanta y que me ha hecho perder el tren la que esté sentada en mi sitio? ¿Por qué, Dios? ¿Por qué?”, pensé. Desde que me dejó Carmen me caen mal las pelirrojas. Así que, con educación y frialdad, le dije que se quitara de mi sitio. La chica era impresionante, tengo que admitirlo. Tenía unos ojos negros gigantes que quitan el hipo. Pero tenía un problema. Insisto. Era pelirroja. La chica sacó su billete, lo comprobó y me dijo con más chulería que la mía que no se iba a mover de allí. Ni un milímetro.

      Me puso su billete a un palmo de la cara y yo el mío a ella. Tampoco me hubiera importado que hubieran vendido el mismo billete dos veces. Me podría haber ido a la cafetería del tren a tomarme una cerveza y punto. Pero aquello se había convertido en algo personal. La joven empezó a reírse de mí. En mi cara. A carcajadas.

—Anda ven para acá, sevillanito—me dijo imitando mi acento.

—¿Quieres problemas, catalana? —le respondí yo.

      Ella se intentó poner seria y yo trataba de entender por qué tenía que aguantar la chulería de una niñata.

—Perdóname por la risa, nen. pero es no te has confundido de asiento, sino de tren. ¿Vas a Barcelona? —me preguntó.

—¿Cómo que a Barcelona? —respondí sin entender nada— Yo, yo, voy a Sevilla. ¿Este tren…? —balbuceé medio atolondrado mientras nos observaba todo el vagón.

      Miré el letrero luminoso y dije medio gritando:

—¡No me jodas! ¡Me he confundido de tren por tu culpa!

—¿Por mi culpa? ¡Tú no estás bien, chaval! ¿Quieres que te deje mi asiento para que te repongas? —me dijo sin poder disimular la risa.

      Y entonces reaccioné como no lo hace un hombre que ha vetado en su vida a las pelirrojas.

—La verdad es que prefiero que me acompañes a la cafetería a tomarme un gin-tonic, catalana— dije para aparentar ser un poco menos idiota.

      La verdad era que me dirigía al otro extremo del país, que era tonto de remate y que me faltaba un hervor, como decía de pequeño mi madre, pero la dignidad no hay que perderla. Nunca. Todo el vagón me miraba y cuchicheaba. El revisor se me acercó y me dijo que, o me tiraba del vagón en marcha o que poco podía hacer. En ese momento lo hubiera hecho. Pero al menos la chica se levantó y se vino conmigo a la cafetería.

      En la barra del bar mantuvimos la conversación más absurda, y encantadora, de mi vida.

—Perdona por lo de antes. Soy gilipollas. ¿Cómo te llamas? — le pregunté intentando hacer las paces.

—Meli

—¿Meli? Qué raro…

—Sin duda, ¡eres gilipollas! —dijo a punto de tirarme el gin-tonic que me había pedido en la cara.

—Perdona, me has entendido mal. ¿Meli? ¿De Melisa? —le pregunté mientras acercaba la mano a mi cara por si me venía una ducha de ginebra. Me la estaba ganando.

—No, Meli de Melibea—dijo sonrojándose.

—¡No te quedes conmigo! ¡Venga ya! —dije descojonándome de su ocurrencia.

      Me tiró el gin-tonic por encima. Y empezó a gritar.

—Sí, ¿qué pasa? ¿Nunca lo has oído animal? Te vendría bien leer algún libro de vez en cuando—repitió mirando al suelo con las mejillas aún más coloradas.

—¿Te crees que por tener esos ojos negros, esa sonrisa y esa melena pelirroja puedes descojonarte de mí? —estallé.

      El revisor se acercó para preguntarle si tenía algún problema. Ella dijo que no. Que sabía arreglar sus problemas sola.

      Aproveché que había un testigo delante sacar el carnet de identidad y no llevarme un guantazo. Se lo puse en la cara.

—Todo el mundo me llama Cali. Soy Calixto.

      Al final me llevé el guantazo. Pero aquí estoy. De nuevo en una estación de tren. Con un cuaderno, un bolígrafo y una Coca-Cola delante. Escribiendo esta historia. Queda una hora y media para que salga el tren y me acabo de comprar un reloj nuevo. Y no voy a Sevilla. Sino a Barcelona. A ver a Meli.

Hay 1.308 Calixtos en España (edad media: 63,8 años). Sólo hay 44 Melibeas (edad media: 25,9 años). Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Haciendo números. Periodista. Escritor.

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