Aquella tarde del mes de enero, Carlos y María estaban paseando por el centro de la ciudad cogidos de la mano. A ella parecía que le encantaba ir agarrada de su novio. Él se aguantaba. Cuando pasaron al lado de una iglesia con interminables muros de piedra y pequeñas cristaleras de colores, Carlos comenzó a sentir palpitaciones en el pecho. Tenían planeado casarse allí en apenas tres meses y medio. Ella solo hablaba de la boda. Todo el rato. Él puso cara de que le escuchaba. Carlos, que empezó a desprender un sudor frío por todo el cuerpo cuando miraba las paredes vertiginosas de aquel edificio, soltó la mano de su novia para que no descubriera que estaba tiritando. Notó como su estómago se enredaba. Que su respiración se entrecortaba. Se asfixiaba. Para calmarse, aceleró el paso, hizo el amago de encenderse un cigarrillo y, después de tres intentos tratando de acertar con el mechero, por fin consiguió encenderse un pitillo.

—¿Por qué corres? ¿Ni que tuvieras alergia a la iglesia? —le preguntó ella mientras le quitaba a Carlos el cigarrillo de la boca y lo rompía por la mitad— Tienes que dejar de fumar para la boda, cariño.

      Carlos se fijó en el perro que estaba atado con la correa a la verja de la parroquia. Sintió pena.

—Pobre animal—dijo en voz alta sin darse cuenta.

—¿Qué dices, cariño? —respondió ella.

Carlos suspiró.

      Un mes después, a comienzos de febrero, Carlos y María salieron de nuevo a pasear por el centro de la ciudad. Casi nunca lo hacían. Carlos lo evitaba a toda costa para no volver a ver la iglesia y terminar hablando de la boda. Pero aquel día María le prometió que darían una vuelta relajada por el parque. Como cuando comenzaron a salir. A él le encantaba ver como los perros corrían en libertad por el parque.

      Cuando empezó a anochecer, María le dijo que antes de volver a casa tenían que pasarse un momento por la iglesia, que les pillaba de camino, para hablar con el sacerdote. Carlos estuvo a punto de sufrir un ataque de ira, pero trató de disimularlo.

—Vamos a ir a la iglesia un momento. Tenemos que ir a preguntarle al cura cuándo abrirá la iglesia el día de la boda. Tenemos que saber cuándo pueden empezar a poner las flores los de la floristería. ¡Qué ganas, cariño!

—¿Pero no puedes venir mejor tú sola mañana o llamarle por teléfono? —le respondió él poniendo cara de niño pequeño quejicoso, al mismo tiempo que soltaba la mano de su novia simulando que estornudaba— Es la alergia, cariño.

—¿Alergia en enero? — le respondió ella.

      María siguió caminando en dirección a la iglesia y le pidió a Carlos que sacara el teléfono móvil y que, por favor, apuntara las tareas que tenían pendientes. Él obedeció a regañadientes. Cuando acabó de escribir le entró un ataque de hipo.

—¿Te pasa algo, cariñito mío? — De un tiempo a esta parte, María siempre le llamaba “cariñito mío” cuando se ponía demasiado nerviosa. Nunca antes le había llamado así.

—Nada. Nada— le respondió él poniéndose cada vez más colorado.

—Algo te pasa, que te conozco— insistió ella.

—Nada, no me pasa nada. ¡Déjame en paz! ¡No me pasa nada, joder! — gritó él cada vez con más hipo.

      María hizo como que no le había escuchado. Como ocurría casi siempre desde que se puso un anillo amarillo en el dedo anular. Carlos sospechaba que la alianza de compromiso que le había regalado a su novia estaba maldita. “¿Dónde está la chica de la que me enamoré? ¿Dónde está la chica de la que me enamoré?”, se repetía Carlos recostado en los muros de la iglesia, fumando como un carretero, mientras que su novia abrumaba al párroco hablando sin parar sobre los detalles de la boda. El novio se distrajo viendo como un hombre salía corriendo detrás de su perro que se había escapado. “¿Está insoportable o es insoportable?”, pensó.

      Un mes más tarde a principios de abril, a solo dos semanas de la boda, Carlos le dijo a María que se iba a dar una vuelta. Llevaba unos días bastante inquieto. No podía dormir bien. Quería estar solo. Y pensar.

—Me parece genial. Te acompaño, cariño. Vamos al centro, así tomo un poco el sol. A la vuelta nos pasamos por la iglesia, que quiero ver si en la boda habrá buena luz natural para las fotos.

      Esta vez Carlos no rechistó. Ni se encogió de hombros. Infló el pecho y pisó el suelo más fuerte que nunca. Estuvo hasta gracioso por el camino. Cuando se acercaron a la iglesia con pequeñas cristaleras de colores, tragó saliva. Había tomado una decisión. Aunque no sabía cómo decirle a María que no habría fotos. Ni damas de honor. Ni flores. Ni cura. Ni novio. Ella se podía vestir de blanco si le apetecía.

      Cuando atravesaron la puerta de la iglesia, mientras divisaban aquel pasillo infinito que tendrían que recorrer hasta el altar, María cogió la mano de Carlos con fuerza. Y empezó a llorar desconsoladamente. Como una niña pequeña a la que le han robado un caramelo. Carlos empezó a desengancharse de los dedos de su novia, que parecían las ventosas de un pulpo. Le estaba haciendo daño con el anillo amarillo. Sin dejar de llorar, María comenzó a hablar mirando al infinito.

—Carlos, no quiero seguir con esto. Te quiero, pero no quiero seguir con esto. ¡Esto de la boda me está volviendo loca! Lo siento.

      María se dio la vuelta y empezó a correr como un galgo de carrera. Tras varios segundos sin poder reaccionar, en los que no dejó de mirar al altar, Carlos sonrió y salió corriendo tras su novia mientras gritaba con una sonrisa de oreja a oreja

— ¡Ésta es la chica de la que me enamoré! ¡Ésta es la chica de la que me enamoré! ¡Me encanta mi novia a la fuga!

Hay 1.308 Calixtos en España (edad media: 63,8 años). Sólo hay 44 Melibeas (edad media: 25,9 años). Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Haciendo números. Periodista. Escritor.

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