Se despertó en plena noche. Sudando. Mojado y sobresaltado. No sabía qué hora era. La brisa que entraba por la ventana, que se había dejado entreabierta aquella noche cuando se metió en la cama, acariciaba su cara y su torso desnudo. En apenas unos segundos, aún con la respiración agitada, se dio cuenta de que había tenido una pesadilla que ya no recordaba, se tapó con la sábana y volvió a recostarse sobre la almohada. Se encontraba -y se sentía- solo. Era su primer aniversario de boda y su mujer ya estaba muerta.

La puerta de la habitación también estaba abierta. Empezó a percibir algunos sonidos de la planta baja de la casa y del jardín. Las manecillas del reloj de la cocina, el ladrido seco del perro del vecino, el riego por goteo, el carraspeo de las hojas de los árboles y el balanceo del columpio que se movía sólo con el viento se convirtieron en una orquesta improvisada en aquella madrugada de verano. Respiró profundamente y, dándose media vuelta, todavía algo inquieto, rescató de entre las sábanas uno de los cojines que solía poner entre sus piernas para dormir desde que se fue su chica. Lo abrazó con fuerza.

La cama se le quedaba demasiado grande aquella noche. Suspiró. Para calmarse empezó a imaginarse que acariciaba a su mujer y que, en la penumbra, mientras ella dormía boca abajo, descubría cada uno de los lunares de su cuerpo. Y que se entretenía con los más rugosos. Pero seguía inquieto. No lograba dormirse.

El ambientador olía a jazmín. Recordó que aquella flor pequeña era la que más le gustaba a María. El día en el que se casaron, hace un año, María llevaba en su melena castaña una corona de jazmines. En la noche de bodas, en plena efervescencia, llegó a pensar que en el universo entero siempre sería primavera, aunque se casaron el día uno de marzo.

Mientras recordaba el olor a jazmín con aquel aroma postizo y revivía con resignación la primera noche que pasaron abrazados en aquella cama, su corazón empezó a latir cada vez con menos fuerza. Y se quedó dormido.

Al rato -no sabía cuánto tiempo había pasado- se desveló sobresaltado con una especie de silbido que retumbó en sus oídos. Pero nadie había podido poner la cafetera en la cocina. Su chica ya no podía madrugar. Con dolor en todo el cuerpo, se desperezó y abrió los ojos. Todavía era de noche.

Hay 1.308 Calixtos en España (edad media: 63,8 años). Sólo hay 44 Melibeas (edad media: 25,9 años). Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Haciendo números. Periodista. Escritor.

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