Hace una semana observé, por la ventana de mi oficina, a un joven pelirrojo que llevaba una mochila medio vacía colgada del hombro. Era rubio y tenía la cara poblada de pecas. La primera vez que le vi pasear por la calle, caminando alegre, como si fuera dando saltos, me imaginé que trabajaría en una cafetería. Y que por la tarde sería actor de algún musical o de alguna obra de teatro. Pero no me fijé en él por eso. Sino por su sonrisa iluminada, por su extraña armonía al andar y porque era el único que no llevaba el teléfono móvil en la mano. Tampoco llevaba auriculares colgando de las orejas. Parecía un hombre libre. Y yo no lo era.

Al día siguiente averigüé, por casualidad, que ese joven era muy distinto a los demás. Vivía como un forastero en su propio país. La limpiadora del hostal de al lado de mi trabajo, con la que coincido en el bar de la esquina todas las mañanas, le señaló con el dedo y me contó sin parar de gritar ni de gesticular —no sabe hablar de otra forma— que era un chico muy extraño, que duerme en una habitación alquilada desde hace cinco años y que en su armario apenas hay ropa limpia para una semana.

—Es raro que hace su cama todas las mañanas, aunque tiene servicio de habitaciones. Tiene muy pocas cosas. Nadie sabe mucho de él. Es un chico misterioso. Pero no es extranjero, aunque lo parece por sus pintas. Me contó el otro día que sus padres son de Cuenca—explicó Chari con su escandaloso chorro de voz mientras apuraba en la puerta un cigarrillo antes de que los dos volviéramos a nuestros puestos de trabajo.

Cuando habla Chari casi nunca digo nada. Sólo asiento con la cabeza.

—Pero es un sol de niño, te lo digo. Siempre se acuerda del día de mi cumpleaños y me regala un ramo de margaritas. Es mi flor preferida­—añadió mientras se metía en el hostal y yo cruzaba la calle para meterme en la oficina.

      Cuando me senté en mi escritorio, mientras esperaba que mi ordenador diera de nuevo señales de vida, pensé que quizás aquel joven era un delincuente fugado de la justicia. “Nadie puede ser tan bueno”, me dije. Le vi pasar de nuevo y se paró a hablar con los ancianos que pasan las mañanas en la plaza, por donde el forastero pasó rumbo a un lugar desconocido con su mochila al hombro. “Quizás es huérfano y no ha querido contarle demasiado a Chari, que es una cotilla”, rectifiqué. Empecé a sentir envidia de aquel bicho raro. Recordé que tengo una hipoteca, una mujer que ya no me mira, dos hijos que berrean, un perro al que tengo que sacar a cagar dos veces al día, un coche, facturas que se amontonan y un trabajo tedioso que repito mecánicamente desde hace una eternidad.

Ayer por la mañana, cuando vi aparecer al forastero otra vez por mi ventana, dejé la pantalla del ordenador encendida, bajé corriendo las escaleras y salí corriendo detrás de él. Cuando estuve a punto de alcanzarlo me sentí un poco ridículo, pero tenía la sensación de que una simple conversación con aquel joven podría arreglar mi vida.

Justo cuando estaba a punto de tocarle el hombro, sonó el teléfono. Me paré un segundo y miré la pantalla. Era mi mujer. Aunque dudé, al final lo descolgué. “¿Qué quieres, cariño?”, le dije mientras que el joven forastero se alejaba. ¿Para qué iba a engañarme? Aquel chaval era un hombre libre, con la única carga en su hombro de una mochila medio vacía. Y yo una marioneta con una maleta demasiado pesada que lleva dentro una mujer que no me mira, dos niños que berrean, un perro al que tengo que sacar a cagar dos veces al día y un jefe que, cuando descubriera que había salido de la oficina, me iba a cantar las cuarenta.

Al final, reaccioné. —Perdona, cariño, tengo que colgarte— le dije a mi mujer antes de tirar el móvil al suelo. Lo pisé con ganas y salí corriendo detrás del forastero.

Hay 1.308 Calixtos en España (edad media: 63,8 años). Sólo hay 44 Melibeas (edad media: 25,9 años). Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Haciendo números. Periodista. Escritor.

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