Pablo soñaba aquella tarde, mientras releía La Historia Interminable en el asiento trasero del coche patrulla de su padre, con que algún día emprendería una gran aventura que haría envidiar al mismo Bastián Baltasar Bux. Pablo, como Bastián, era capaz de sumergirse durante horas en los libros, pero lo que en realidad quería era dejar aparcadas las novelas, pasar a la acción y ser un policía de verdad. Como su padre. Lo que no sospechaba aquel flacucho de doce años, con grandes mofletes y un diente de color negro que se movía como un balancín, era que ese mismo día tendría su primera oportunidad.

      Acababa de salir del colegio y el niño, mirando por la ventanilla, sonreía al imaginar que cuando cumpliera dieciséis años conduciría su propia moto a toda velocidad, con la misma libertad y coraje que el águila que tenía tatuada su padre en el brazo izquierdo. También pensaba que con su moto, una chaqueta de cuero y un poco de gomina en el pelo, conquistaría a Cristina, la chica que le sobaba los mofletes desde que iban a la guardería. Pablo lo tenía claro. La moto y la chica eran los accesorios perfectos para convertirse en un buen policía. Su padre también tenía una moto en el trastero y una novia más mayor que él: su madre.

      Esa misma mañana, echándose gomina en el pelo delante del espejo del cuarto de baño, le contó a su padre cómo iba a lograr convertirse en policía. Éste se echó a reír.

—¿Pero cuantos años tiene esa niña, Pablete? ¡Anda que no es listo mi niño! —dijo el padre con orgullo.

      Pero esa tarde el padre de Pablo estaba tenso. Tenía que dejar al niño a casa y volver al trabajo. A esas horas había siempre mucho tráfico en el centro de la ciudad. Al final se decidió a poner la sirena para que se apartaran los coches y saltarse los semáforos. A Pablo siempre le gustaba que hubiera atascos en el centro. Cerró el libro y empezó a gritar.

—¡Corre, papi! ¡Venga! ¡Más rápido!

      El padre comenzó a reírse. Con su hijo era inevitable.

      Cuando llegaron a casa, Pablo se tuvo que bajar del coche patrulla volando. Su padre le pellizcó los mofletes antes de irse. Al llamar al timbre, Pablo resopló. Recordó que tendría que pasar la tarde encerrado bajo una montaña de deberes, con su madre al lado vigilándole. Pero en cuanto entró por la puerta, su suerte cambió. Su madre no paraba de hablar con cara de preocupación. Le dio un beso. Y, mientras se ponía el abrigo, le dijo al niño:

—Pablete, tengo que irme. Te voy a dejar solo un rato. La abuela se ha caído y tengo que llevarla al hospital. Haz los deberes. Tienes el bocadillo preparado en la cocina. Pero no te lo lleves al salón, que siempre dejas las migajas por el suelo.

La madre le dio otro beso en la frente y cerró la puerta de la calle de un portazo. Pablo, aliviado porque tendría la tarde libre, cogió el bocadillo, se fue al salón, dio un salto mortal en el sofá mientras le pegaba un bocado al pan con chorizo y encendió la televisión.

Puso el canal donde emitían su serie policiaca favorita, aunque a él sólo le dejaban verla los viernes. Pero no la echaban. En lugar de la serie, una mujer contaba que un delincuente había asesinado a Aureliano, un político gordo que a su padre no le gustaba demasiado. “Tenemos que informarle de una terrible noticia. Interrumpimos la emisión para informarles de que, hace menos de media hora, ha sido asesinado el alcalde de la ciudad. Un anónimo lo ha confesado a la policía y ha asegurado que ha tirado el cadáver al mar. Las autoridades de la ciudad informan de que el terrorista sigue suelto y que es muy peligroso”.

Pablo se sintió muy emocionado porque sabía que su padre trabajaba en el turno de tarde-noche. Estaba seguro de que sería él el que detendría al asesino de aquel alcalde rechoncho. Mañana, cuando le llevara a casa de nuevo en el coche patrulla, estaría sentado en el mismo sitio del asesino y se fijaría si, en el forcejeo, había dejado algún arañazo en el asiento del coche patrulla.

Mientras cambiaba de canal para encontrar nuevas noticias sobre el asesinato que se había cometido en su ciudad, llamaron por teléfono. Era su padre. La sirena se escuchaba de fondo. El viento de la ventanilla bajada hacía mucho ruido.

—Pablete, no se te ocurra abrir la puerta a nadie. ¿Entendido? Un tío muy chungo anda suelto y creemos que anda suelto por el barrio—Vivían cerca del puerto.

El padre colgó. No se dio cuenta de que aquella llamada había despertado al investigador frustrado que dormía en el interior de Pablo, que por fin tendría la oportunidad de salir a patrullar la ciudad.

Sin pensárselo dos veces, cogió un cuchillo del cajón de la cocina, por si tuviera que defenderse, metió en el bolsillo de su abrigo su tirachinas y unas cuantas canicas de acero, y se puso las botas que usaba cuando iba a la montaña. Mientras que sus vecinos cerraban las persianas como si el fugitivo fuera a colarse por la ventana, Pablo, camuflado, salió a la calle a detener él solo al asesino más buscado de la ciudad.

Con la mochila al hombro, echó a correr hacia el muelle. Allí estarían los peores maleantes de la ciudad. Debajo de un puente. Al menos eso era lo que decía su padre, porque allí no había nadie.

El niño esperó pacientemente detrás de un contenedor de basura. Se hacía cada vez más de noche. Cuando menos se lo esperaba, mirando hacia el mar, vio algo que le parecía increíble. ¡Al alcalde Aureliano! ¡Vivo! Se frotó los ojos. Pero era inconfundible. Su barriga enorme y sus gafas de culo de vaso le delataban. ¡Era él! ¡No estaba muerto!

Aureliano metía con cara de velocidad y sudor en la frente varias bolsas de basura negras en un barco. Tras su hallazgo, Pablo pasó del entusiasmo a la decepción. Se dio cuenta de que en realidad no había ningún asesino. Y que no podría detenerlo. Tenía razón su padre cuando decía que en la tele no dicen más que mentiras. Cuando el alcalde le vio, se acercó a él corriendo.

—¿Qué haces aquí, niño? ¿No tendrías que estar en tu casa? — Detrás venían dos hombres vestidos de negro, con muy mala pinta. Aureliano estaba muy nervioso.

      En ese mismo instante aparecieron varios coches patrulla y todo ocurrió muy rápido.

—Detente, Aureliano. Y deja al chico. Te hemos pillado con las manos en la masa— gritó su padre mientras salía del coche para proteger a su hijo.

      Lo siguiente que vio Pablo fue al alcalde y a sus dos compinches esposados y dentro de un coche patrulla.

—Gracias a ti, y a que he localizado tu móvil cuando te he llamado al móvil y no contestabas, hemos logrado encontrar al alcalde, que había fingido su muerte para fugarse con el dinero del ayuntamiento. Menudo pájaro.

      Su padre le guiñó un ojo y continuó hablando mientras conducía de vuelta a casa

—Por cierto, cuando se entere tu madre de lo que has hecho te vas a enterar de lo que vale un peine.

      Pero a Pablo no le importaba. Sólo podía pensar en que la chica de sus sueños sabría muy pronto que había ayudado a detener a un alcalde chorizo. Y que había conseguido, por fin, ser policía por un día. —Papá, por mi cumpleaños ya sabes lo que quiero, ¿verdad? Una chaqueta de cuero como la tuya. Es lo único que me falta. — le dijo el policía chico al grande.

Hay 1.308 Calixtos en España (edad media: 63,8 años). Sólo hay 44 Melibeas (edad media: 25,9 años). Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Haciendo números. Periodista. Escritor.

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