La primera noche del hijo pródigo en casa

Cuando terminó la fiesta y todos los sirvientes se habían ido a la cama, el hijo menor se dirigió, de puntillas para no hacer demasiado ruido, a su antigua habitación. No quería despertar a su hermano mayor. Se sentía satisfecho. Normal, sobre todo después de haber relamido las costillas de un ternero cebado que había matado su padre solo para él. Nunca había probado un vino mejor. Y pensar que llevaba una eternidad, tres días, sin probar bocado. Los sirvientes habían comido cordero. Aquello había sido un auténtico banquete de bodas. Pero, ¿dónde estaba la novia? 

Su habitación estaba como la dejó hace unos años. Quizás un poco más limpia. Se quitó poco a poco los botones de la camisa blanca que le había prestado su padre al llegar a casa. Todavía olía a flores frescas. Resopló. Con el torso desnudo se puso delante del espejo y lo que vio fue un cuerpo flaco, desangelado, lleno de arañazos. Seguía un poco sucio. Daba pena. “¿Aquello había sido la novia de aquella fiesta? ¿En serio?”, se dijo a si mismo.

Se atrevió a explorar un poco más en el espejo. Por unos segundos se cruzó con sus propios ojos. Y se sobresaltó. Desvió de nuevo la mirada a su torso y vio restos de barro en el ombligo, una parte del cuerpo que ni recordaba que existía. Murmulló mientras se dirigía a la cama. “Veintisiete años pero mis rodillas rechinan como si tuviera setenta”. Estaba acostumbrado a murmullar. Sonrió. Se sentó en la cama y se quitó con delicadeza las sandalias que le había regalado su padre al volver a casa. Sus pies estaban llenos de callos y durezas. El camino había sido extenuante. Si su padre no hubiera salido a su encuentro, cubriéndole de besos y llevándole en volandas a casa, entre abrazo y abrazo, no habría podido dar un paso más.

Descalzo, se acercó de nuevo al espejo. Sentía necesidad de ver de nuevo su reflejo. Vio sus costillas desangeladas, recubiertas por piel más que por carne. Sintió pena de si mismo. ¿O asco? Resopló de nuevo. Se acordó de su hermano. Se le iluminaron los ojos al pensar en él. Casi no habían hablado. No sabía qué decirle. Estaba más gordo que cuando lo vio por última vez. ¿O era él el que estaba más flaco? De pequeños todo el mundo les decía que eran dos gotas de agua. Echaba de menos ser un niño. ¿Podría volver a serlo de nuevo?

Abrumado por tantos pensamientos, se dirigió al baño. Metió la cabeza en un barreño de agua caliente que le habría dejado preparado alguno de los sirvientes de su padre. Y dejó reposar sus pensamientos en el agua unos siete segundos. Cuando necesitó respirar, sacó la cabeza del agua caliente y, sin secarse con una toalla, dejando que las gotas que caían de su largo cabello quitaran la suciedad que aún quedaba en su torso desnudo, fue sincero consigo mismo. Había conseguido lo que quería. Ya no tenía hambre. Era lo que buscaba cuando decidió volver a casa. ¿Pero era lo único que quería?

Mientras se secaba con una toalla, miró por la ventana el camino que había recorrido. Y resopló por tercera vez. Desvió la vista a la cama. Blandita. Acolchada. Llena de cojines. Se recostó en ella. Pero había algo que no le hacía sentirse del todo cómodo. Tras varios minutos dando vueltas en aquel éxtasis de almohadas y sábanas, se levantó de un respingo y se tumbó en el suelo. Encogido en posición fetal. Había pasado de mascar bellotas a relamer las costillas de un ternero cebado en un sólo día. Demasiado cambio en tan poco tiempo para aquel hombre de veintisiete años que estaba recuperando su antigua vida. ¿O comenzando una nueva?

Acomodado en la esquina de su antigua habitación, cerró los ojos. Su media sonrisa en el rostro denotaba satisfacción. Plenitud. Alegría. Y de esa forma, a su manera, aún un poco sucio después de una larga travesía y una copiosa cena, se quedó plácidamente dormido en aquel suelo de madera de la casa de su hermano y de su padre. ¿Su casa? Mañana sería otro día.

Continuará…

Autor: Calixto Rivero

Hay 1.308 Calixtos en España (edad media: 63,8 años). Sólo hay 44 Melibeas (edad media: 25,9 años). Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Haciendo números. Periodista. Escritor.

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