Cuento de Navidad: El milagro que pude abrazar y tocar

La continuación de Cuento de Navidad: la familia de Lavapiés y el final de Cuento de Navidad: la camarera novata de la calle Belén

Mi madre siempre decía que en Navidad ocurren millones de milagros pero que solo algunos se pueden tocar con las manos. El día de Nochebuena me desperté de más buen humor que de costumbre. Aún tumbado en el sofá cama del salón de mi apartamento, envuelto con dos mantas aterciopeladas y rodeado de cojines, únicamente se escuchaba la olla exprés de mi vecina que estaba haciendo un puchero. “¿Dónde están mis nuevos amigos?”,  me pregunté.

Mis invitados —la camarera embarazada y el ‘polaco’— habían salido bien temprano. Susurrando y sin hacer ruido. Después de pasar por el baño y echarme en la cara agua bien fría para espabilarme, fui a la cocina para prepararme un café bien cargado. Me encanta el olor a café mezclado con el del puchero de mi vecina. Mientras desenroscaba la cafetera, llamaron al timbre con insistencia dos o tres veces.

—Ya va, ya va…

Me dirigí al telefonillo y abrí presionando el botón con fuerza. El cable estaba suelto. Tenía que arreglarlo.

—Soy tu inquilino —respondió el ’polaco’ sin que le preguntara nada.

En un pestañeo el futuro papá ya estaba arriba.

—¿Pero puedes volar, o qué? —le saludé sorprendido.

—¡Por supuesto! —me respondió riéndose. El polaco no tenía término medio. O estaba muy serio o se reía a carcajada limpia, dejando entrever el diente que le faltaba— He ido acompañar a mi mujer a trabajar y he cogido algo del bar… ¿Has desayunado ya?

Olisqueé la bolsa de papel que llevaba en la mano como si fuera un perro sabueso. No me lo podía creer.

—¡¡Porras y churros con chocolate!! ¡¡Eres mi ídolo, ‘polaco’!! —exclamé como un niño pequeño entusiasmado con su regalo de Reyes Magos por adelantado— ¡¡Dame un abrazo, hombre!!

La mañana fue sobre ruedas. Después de desayunar tan ricamente, me chupé los dedos, recogimos el sofá cama y la habitación, cogimos mi Yamaha destartalada y fuimos al mercado del Arenal para comprar algunas viandas para Nochebuena. Estaba de vacaciones pero me pasé por el taller para recoger una botella de vino y una pata de jamón que me había dejado mi jefe.

—¿Sabes tocar el violín? —le dije yo a mi camarada, haciendo el idiota con la pata de jamón cogida con una mano y sujetándola con la clavícula. El jamón era de pata negra y pesaba un quintal— ¡Viva ‘el señor Manolo’! ¡Este año se ha portado!

El polaco se fue a buscar trabajo a otro taller que le había indicado uno de mis compañeros. Había una vacante. Le dejé de nuevo mi moto. Yo me volví a casa caminando. Pero, antes, hice una parada para saludar a mi amigo Jose y a tomarme una cerveza con él.

—Estás chalado. ¿Cómo se te ocurre dejar tu casa a dos polacos que no conoces de nada? Y lo peor. ¿Tu Yamaha?

Arrugué el ceño y saqué la lengua. Me puse hablar de otra cosa. Tengo la habilidad de cambiar de conversación sin que se den cuenta. ‘El Jose’ me contó que celebraría la Navidad con sus padres y con sus dos hermanos pequeños. En Nochebuena, siempre salíamos después de la cena familiar, de fiesta por el barrio. Pero ese año no sabía lo que haría. Me espetó, cabreado, que no era el mismo. Que los inmigrantes esos me habían lavado el cerebro. Me despedí de mi buen amigo con un abrazo, y canturreando, me dirigí a casa a preparar la Nochebuena.

El día voló entre los fogones y la siesta que me dormí en el sofá. Mucho más reparadora que la que me pegué en el Parque del Retiro. Me despertó el timbre. La oscuridad se había apoderado del Barrio de Lavapiés. Ya era de noche. Me volví a quitar las legañas con agua fría y fui a la puerta a recibir a mis dos nuevos amigos. Esta vez el polaco y la muchacha tardaron una eternidad en subir los dos pisos. A ella la veía un poco dolorida. Mucho más cansada que ayer. Normal después de una jornada de trabajo de casi doce horas en el bar. La vi más embarazada que nunca. Él se movía de una lado a otro sin parar. No decían nada. La chica sonreía y se acariciaba la barriga. Le temblaba la sonrisa, como la primera vez que le vi. Le dije que en mi casa estaba permitido estar de mala leche. Él respondió por ella.

—Tendrías que verla cuando se enfada… —dijo pegándole un cariñoso pellizco a ella en la mejilla para demostrarle que la quería. 

Nos sentamos a la mesa a cenar. Y, después de tomarme unas cuantas copas de vino, les confesé algo que hace mucho no le decía a nadie. Quedaban pocos minutos para la Navidad.

—¿Sabéis quién nació un 25 de diciembre en esta misma casa? —dije señalándome a mi mismo con los dos índices y mirando tímido al suelo.

—¡¡Nasdrovia!! —exclamó la camarera novata levantando su copa llena de agua— ¡¡Nasdrovia!! —repitió su marido en voz muy alta. Él dejó su copa de vino en la mesa y se levantó para darme un abrazo.

—Aún queda una hora para mi cumpleaños, tranquilo, tranquilo —le respondí intentando zafarme. Casi me parte en dos pedazos. El polaco no era polaco. Estaba claro.

Y entonces la mujer se puso un poco pálida. Empezó a retorcerse de dolor. Cogió a su marido de la mano con fuerza. Cayó mucha agua al suelo y miré a la mesa para ver si dado un codazo, con la emoción, a la jarra de agua. Pero no. ¡La mujer había roto aguas! ¡La camarera novata había roto aguas! Desde ese momento no recuerdo casi nada. Todo ocurrió muy rápido. No nos dio tiempo de llevarla ni siquiera al hospital. Yo, algo mareado, sí salí a la calle a pedir ayuda.

—¡Un médico! ¡Un médico! ¡Una enfermera, por favor! ¡Necesitamos un médico o una enfermera! ¡Si es una matrona, mejor! —grité desesperado. Al final, apareció una chica pizpireta que se dirigía sola a la Misa del Gallo. Sonaban las campanas de la Iglesia.

Cuando subí a mi casa, el milagro ya había ocurrido. Y lo pude abrazar con mis propias manos. Era tan pequeñito. Tenía la cara tan redondita. La primera vez que le vi su padre lo acurrucaba en brazos y le estaba limpiando la carita con una pequeña toalla blanca que le envolvía completamente, de la cabeza a los pies. La madre estaba bien, sonriente. Con las mejillas muy sonrosadas. Y yo, en aquel momento, me abracé a la chica que había venido a ayudarme. Ella también estaba muy emocionada por aquella escena que estábamos contemplando. La joven tenía los ojos mojados y las mejillas encharcadas. Los dos estábamos observando juntos un acontecimiento único: los primeros instantes de vida de un bebé.

—Nunca os lo he preguntado, ¿cómo se va a llamar el niño? —pregunté a los padres un poco más repuesto.

— Se llamará como tú —dijo su madre con la voz más dulce que había escuchado jamás— ¿Quieres cogerlo? —Y el padre me acercó al niño.

—Este es Jesús. ¡Cógelo! —me dijo el polaco dándole un beso a su hijo en la cabecita. Volvían a sonar las campanas de la Iglesia.

El niño, con sus brazos abiertos, vino a mi encuentro, se acurrucó entre mis brazos y reposó su cabecita peluda en mi pecho. Yo era su pesebre de Navidad. Y él mi niño Jesús. Miré el reloj, Ya eran las doce de la noche y dos minutos del 25 de diciembre. Mi cumpleaños. Y el día Navidad. El mejor día de Navidad de la Historia. Al menos para mi. El día en el que se produjo un milagro de los más inusuales, de los que se pueden abrazar y tocar.

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