Cali y Meli

Mi reloj suele ser testigo de cómo desperdicio mi vida, pero aquella tarde se convirtió en un trampolín. Era viernes por la tarde. Me iba a pasar el fin de semana a Sevilla con unos amigos. Necesitaba desconectar. Y beber. Pasar página. Y beber. Miré el reloj. Aún faltaban quince minutos para que saliera mi tren, así que me encendí un pitillo en la puerta de la estación. Con mi mochila en la espalda, vi a una chica pelirroja pasar. Me puse melancólico y tontorrón. Me recordó a Carmen, la mujer que hace unos días no me dejaba dormir por las noches porque quería que la abrazara y algo más. Carmen también tenía el pelo anaranjado. Y me había dejado tirado.

      Arrojé la colilla al suelo y la pisé con ganas. Miré de nuevo el reloj. “¿Sigue faltando un cuarto de hora para que salga el tren?”, me pregunté. Y mi corazón respondió dando un brinco. El reloj se había parado y el tren estaba a punto de salir. “Eso me pasa por comprármelo en los chinos”, refunfuñé por el camino. Corrí casi sin respirar, con el humo de la última calada aún en mis pulmones, por los pasillos de la estación. Pasé el arco de seguridad planeando como una paloma torpe que quiere huir de los niños en el parque, le tiré a la cara el billete al revisor y logré entrar en el vagón por los pelos mientras gritaba como un loco.

—¡Perdón! ¡Dejadme paso! ¡Qué lo pierdo!

      Cuando sonó un leve pitido a mi espalda y se cerraron las puertas, suspiré. Estaba dentro.

      Me dirigí a mi asiento, pero había una chica sentada. “¿Por qué me pasa todo a mí? ¿Tiene que ser la maldita chica pelirroja que me encanta y que me ha hecho perder el tren la que esté sentada en mi sitio? ¿Por qué, Dios? ¿Por qué?”, pensé. Desde que me dejó Carmen me caen mal las pelirrojas. Así que, con educación y frialdad, le dije que se quitara de mi sitio. La chica era impresionante, tengo que admitirlo. Tenía unos ojos negros gigantes que quitan el hipo. Pero tenía un problema. Insisto. Era pelirroja. La chica sacó su billete, lo comprobó y me dijo con más chulería que la mía que no se iba a mover de allí. Ni un milímetro.

      Me puso su billete a un palmo de la cara y yo el mío a ella. Tampoco me hubiera importado que hubieran vendido el mismo billete dos veces. Me podría haber ido a la cafetería del tren a tomarme una cerveza y punto. Pero aquello se había convertido en algo personal. La joven empezó a reírse de mí. En mi cara. A carcajadas.

—Anda ven para acá, sevillanito—me dijo imitando mi acento.

—¿Quieres problemas, catalana? —le respondí yo.

      Ella se intentó poner seria y yo trataba de entender por qué tenía que aguantar la chulería de una niñata.

—Perdóname por la risa, nen. pero es no te has confundido de asiento, sino de tren. ¿Vas a Barcelona? —me preguntó.

—¿Cómo que a Barcelona? —respondí sin entender nada— Yo, yo, voy a Sevilla. ¿Este tren…? —balbuceé medio atolondrado mientras nos observaba todo el vagón.

      Miré el letrero luminoso y dije medio gritando:

—¡No me jodas! ¡Me he confundido de tren por tu culpa!

—¿Por mi culpa? ¡Tú no estás bien, chaval! ¿Quieres que te deje mi asiento para que te repongas? —me dijo sin poder disimular la risa.

      Y entonces reaccioné como no lo hace un hombre que ha vetado en su vida a las pelirrojas.

—La verdad es que prefiero que me acompañes a la cafetería a tomarme un gin-tonic, catalana— dije para aparentar ser un poco menos idiota.

      La verdad era que me dirigía al otro extremo del país, que era tonto de remate y que me faltaba un hervor, como decía de pequeño mi madre, pero la dignidad no hay que perderla. Nunca. Todo el vagón me miraba y cuchicheaba. El revisor se me acercó y me dijo que, o me tiraba del vagón en marcha o que poco podía hacer. En ese momento lo hubiera hecho. Pero al menos la chica se levantó y se vino conmigo a la cafetería.

      En la barra del bar mantuvimos la conversación más absurda, y encantadora, de mi vida.

—Perdona por lo de antes. Soy gilipollas. ¿Cómo te llamas? — le pregunté intentando hacer las paces.

—Meli

—¿Meli? Qué raro…

—Sin duda, ¡eres gilipollas! —dijo a punto de tirarme el gin-tonic que me había pedido en la cara.

—Perdona, me has entendido mal. ¿Meli? ¿De Melisa? —le pregunté mientras acercaba la mano a mi cara por si me venía una ducha de ginebra. Me la estaba ganando.

—No, Meli de Melibea—dijo sonrojándose.

—¡No te quedes conmigo! ¡Venga ya! —dije descojonándome de su ocurrencia.

      Me tiró el gin-tonic por encima. Y empezó a gritar.

—Sí, ¿qué pasa? ¿Nunca lo has oído animal? Te vendría bien leer algún libro de vez en cuando—repitió mirando al suelo con las mejillas aún más coloradas.

—¿Te crees que por tener esos ojos negros, esa sonrisa y esa melena pelirroja puedes descojonarte de mí? —estallé.

      El revisor se acercó para preguntarle si tenía algún problema. Ella dijo que no. Que sabía arreglar sus problemas sola.

      Aproveché que había un testigo delante sacar el carnet de identidad y no llevarme un guantazo. Se lo puse en la cara.

—Todo el mundo me llama Cali. Soy Calixto.

      Al final me llevé el guantazo. Pero aquí estoy. De nuevo en una estación de tren. Con un cuaderno, un bolígrafo y una Coca-Cola delante. Escribiendo esta historia. Queda una hora y media para que salga el tren y me acabo de comprar un reloj nuevo. Y no voy a Sevilla. Sino a Barcelona. A ver a Meli.

¿Cómo sonará el silencio?

Después de estar todo el día escuchando gritar gilipolleces al imbécil de mi jefe, salí a la calle acalorado y, en vez de cagarme en su madre, le pegué una calada a un cigarrillo medio apagado que llevaba entre los dedos como si tuviera dentro oxígeno puro. Traté de encenderlo con el mechero pero la piedra se atascó. Y yo, como un niño enrabietado, lo tiré con fuerza al suelo. Y estalló. “¡Bum!”

      Todos en la calle me observaban, así que traté de disimular rehuyendo las miradas distrayéndome con el único cacho de cielo que dejan entrever los edificios de hoy en día. Tuve la mala suerte de que un avión me jodió el paisaje y la tranquilidad con su motor endiablado. “Ni que fuera un cohete de la NASA”, me dije como un abuelo cascarrabias.

      Me escabullí como pude antes de que una horda de vecinas cotorras empezara a preguntarme qué había sido ese ruido y me fui dando grandes zancadas al metro. Cuando iba a meterme en la estación, tuve los suficientes reflejos y di un paso atrás. Detesto a los quinceañeros que llevan en el bolsillo un altavoz que escupe reguetón. Aunque fue peor el remedio que la enfermedad. En el autobús un bebé empezó a berrear como si hubiera visto la verruga de mi suegra. Y su maleducada madre no dejó de mirar ni un instante la pantalla de su móvil, la muy cabrona. Me acerqué al niño y le puse el chupete. Él lo lanzó al techo con fuerza, como si fuera una botella de cava.

      Cuando me bajé del autobús, aquel niño parecía un angelito. Tengo la sensación de que aquel hijo de puta, lo digo sobre todo por su madre, me miró por la ventana como si quisiera reírse de mí. Para colmo, un motorista hortera, con una chupa de cuero negra, aceleró cuando estaba a punto de cruzar mi calle. Casi me deja sordo con su motor quinqui. “¿Para que sirve la puta policía?”, grité. La madre del niño del exorcista me oyó desde el autobús. Tapó los oídos de su hijo en un ataque de puritanismo.

      Pero yo ya estaba a salvo. En casa. Abrí la puerta de mi piso como pude y, aún con mis neuronas y mis cojones bastante inflamados, la cerré lentamente. Para no hacer ruido. Me quité los zapatos y me tumbé en el sofá bocarriba. Mirando el techo, empecé a sentir un gran placer. Era el silencio. ¡El bendito silencio! Allí no había ni teléfono ni televisión, ni vecinas cotorras, ni motoristas horteras, ni mecheros que hacían las veces de cócteles molotov, ni niñatos que escuchan reguetón en el metro. Tampoco podría molestarme el gilipollas de mi jefe.

      Recostado en mi remanso de paz, sin ningún ruido a mi alrededor, me empecé a poner algo nervioso cuando noté los pasos que daban mis vecinos en el piso de arriba. También percibí una especie de rugido que salí de la parte de atrás de mi nevera, que hasta entonces no sabía que tenía vida propia. Y el ruido constante de las manecillas del reloj que tengo en la pared del salón. Y el teléfono de mi vecina. Y el perro ladrando de mi vecino. Y el portazo que pegó el hijo de mi otra vecina después de que ella gritara con rabia: “¡Niño, castigado!”

      “¿Cómo sonará el silencio?”, me pregunté desesperado mientras creía que iba a darme un infarto o algo peor. En aquel momento percibí el zumbido de mi móvil, aunque lo llevo siempre silenciado. Me clavé las uñas en las palmas de las manos y pensé: “¿A qué lo tiro por la ventana? O mejor, me tiró yo”. El ruido es como el gato de los Picapiedras. Lo echas por la puerta y vuelve por la ventana. Así que me senté mientras notaba como crujían los muelles de mi sofá, me acomodé entre varios cojines y vi de reojo en el teléfono que el cabrón de mi jefe me había escrito para decirme que tenía que volver a la oficina. Y en ese momento le rogué a Dios en silencio que me dejara sordo. Pero como no me oyó, tiré el teléfono por la ventana y me bajé a la farmacia para comprarme unos tapones para los oídos. Algo es algo.

El marido plasta

Aquel hombre hablaba y hablaba sin parar, haciéndose un remolino con los dedos de una mano en los pelos de la coronilla y sujetando con la otra el teléfono. Yo estaba sentada a su lado, espalda contra espalda, en el bar de la esquina de mi casa donde había una tropa de hombres silenciosos viendo el fútbol. Había bajado a tomarme una cerveza para dejar de escuchar las gilipolleces que suele decir mi marido los sábados por la mañana. De vez en cuando le miraba de reojo.

“Dios mío, parece que no es suficiente cruz tener que aguantar a mi propio marido que ahora me haces aguantar al de otra”, pensé cuando llevaba cinco minutos intentando concentrarme en el partido de futbol que echaban en la tele. Me cambié de sitio. En la barra engullí la segunda cerveza con ansiedad y le pedí al camarero otra. Pero aquel señor buenorro no paraba de charlotear a la vez que daba un sorbito a su taza de té.

“Tío, últimamente mi Mari y yo casi no lo hacemos. Vamos a tener que ir a un asesor matrimonial”. “Estoy apuntado al gimnasio, pero no voy desde hace cuatro meses”. “Me ha contado un padre del cole que el profesor de los niños tiene las uñas demasiado largas y voy a tener que ir al director a quejarme, que un día le va a sacar un ojo a mi niña con sus garras”. “Paco, creo que la Mari me engaña, que está con otro y que me va a dejar. Ya no me mira igual”. De ese estilo eran las frases que aquel marido en crisis le soltaba a su colega, con sólo unos segundos de descanso para mis oídos, que ya están demasiado castigados por el plasta de mi Paco, que últimamente está intratable.

Me pedí otra cerveza y salí a la terraza del bar. Pero aquel marido empalagoso me copió la idea y se salió detrás de mí. Intenté apurar el cigarrillo que me había encendido hace un minuto, para no tener que entablar ninguna nueva conversación con aquel pesado. Pero al final me quedé a su lado. Tenía un culo mucho mejor que el de mi Paco, que acumula más celulitis que yo después del embarazo. El señor colgó el teléfono, y cómo se dio cuenta de que estaba mirándole el trasero recreándome, me preguntó: “¿Qué mira señora? ¿Me he manchado con el té?” Yo le respondí: “Pues qué voy a mirar: tu culo, macizo”. Se quedó hecho un cuadro.

Los hombres son todos iguales. O al menos eso pensaba yo. Aquel marido preocupado por el colegio de sus niños, porque su mujer le iba a dejar y por su falta de rutina en el gimnasio, se transformó por unos segundos en un macho alfa. “Menos mal, no es gay”, respiré aliviada mientras él sacaba pecho de forma ridícula, dejaba de dejar de jugar con el remolino del pelo con los dedos y se hacía el interesante mientras se metía dentro del bar para pedirse otra taza de té. Yo me pedí otra cerveza, que no estoy para tonterías. “Está desentrenado, pero eso lo arreglo yo rápido”, pensé. Me acerqué a él y le dije: “Oye, estoy hasta los ovarios de mi marido y de las conversaciones de las madres plastas, pero si te callas podemos irnos a jugar un rato, que me aburro. Me da igual que sean las doce del mediodía”. Aquel hombre, nervioso, se puso firme como un militar. Se abrochó la chaqueta y, después de pegarle el último sorbo al té y pagar su cuenta y la mía, me cogió del brazo y me llevó a la puerta mientras se encendía un cigarrillo y me ofrecía a mi otro. Sus manos temblaban. Había conseguido ponerle tontorrón. Me pegó un cachete en el culo y me dijo: “Mire señora, usted tampoco tiene un mal trasero. ¿Pero no le da vergüenza? ¿Qué se cree, señora? Que yo quiero mucho a mi Mari”. Y se fue.

El forastero

Hace una semana observé, por la ventana de mi oficina, a un joven pelirrojo que llevaba una mochila medio vacía colgada del hombro. Era rubio y tenía la cara poblada de pecas. La primera vez que le vi pasear por la calle, caminando alegre, como si fuera dando saltos, me imaginé que trabajaría en una cafetería. Y que por la tarde sería actor de algún musical o de alguna obra de teatro. Pero no me fijé en él por eso. Sino por su sonrisa iluminada, por su extraña armonía al andar y porque era el único que no llevaba el teléfono móvil en la mano. Tampoco llevaba auriculares colgando de las orejas. Parecía un hombre libre. Y yo no lo era.

Al día siguiente averigüé, por casualidad, que ese joven era muy distinto a los demás. Vivía como un forastero en su propio país. La limpiadora del hostal de al lado de mi trabajo, con la que coincido en el bar de la esquina todas las mañanas, le señaló con el dedo y me contó sin parar de gritar ni de gesticular —no sabe hablar de otra forma— que era un chico muy extraño, que duerme en una habitación alquilada desde hace cinco años y que en su armario apenas hay ropa limpia para una semana.

—Es raro que hace su cama todas las mañanas, aunque tiene servicio de habitaciones. Tiene muy pocas cosas. Nadie sabe mucho de él. Es un chico misterioso. Pero no es extranjero, aunque lo parece por sus pintas. Me contó el otro día que sus padres son de Cuenca—explicó Chari con su escandaloso chorro de voz mientras apuraba en la puerta un cigarrillo antes de que los dos volviéramos a nuestros puestos de trabajo.

Cuando habla Chari casi nunca digo nada. Sólo asiento con la cabeza.

—Pero es un sol de niño, te lo digo. Siempre se acuerda del día de mi cumpleaños y me regala un ramo de margaritas. Es mi flor preferida­—añadió mientras se metía en el hostal y yo cruzaba la calle para meterme en la oficina.

      Cuando me senté en mi escritorio, mientras esperaba que mi ordenador diera de nuevo señales de vida, pensé que quizás aquel joven era un delincuente fugado de la justicia. “Nadie puede ser tan bueno”, me dije. Le vi pasar de nuevo y se paró a hablar con los ancianos que pasan las mañanas en la plaza, por donde el forastero pasó rumbo a un lugar desconocido con su mochila al hombro. “Quizás es huérfano y no ha querido contarle demasiado a Chari, que es una cotilla”, rectifiqué. Empecé a sentir envidia de aquel bicho raro. Recordé que tengo una hipoteca, una mujer que ya no me mira, dos hijos que berrean, un perro al que tengo que sacar a cagar dos veces al día, un coche, facturas que se amontonan y un trabajo tedioso que repito mecánicamente desde hace una eternidad.

Ayer por la mañana, cuando vi aparecer al forastero otra vez por mi ventana, dejé la pantalla del ordenador encendida, bajé corriendo las escaleras y salí corriendo detrás de él. Cuando estuve a punto de alcanzarlo me sentí un poco ridículo, pero tenía la sensación de que una simple conversación con aquel joven podría arreglar mi vida.

Justo cuando estaba a punto de tocarle el hombro, sonó el teléfono. Me paré un segundo y miré la pantalla. Era mi mujer. Aunque dudé, al final lo descolgué. “¿Qué quieres, cariño?”, le dije mientras que el joven forastero se alejaba. ¿Para qué iba a engañarme? Aquel chaval era un hombre libre, con la única carga en su hombro de una mochila medio vacía. Y yo una marioneta con una maleta demasiado pesada que lleva dentro una mujer que no me mira, dos niños que berrean, un perro al que tengo que sacar a cagar dos veces al día y un jefe que, cuando descubriera que había salido de la oficina, me iba a cantar las cuarenta.

Al final, reaccioné. —Perdona, cariño, tengo que colgarte— le dije a mi mujer antes de tirar el móvil al suelo. Lo pisé con ganas y salí corriendo detrás del forastero.

El amanecer que nunca llega

Se despertó en plena noche. Sudando. Mojado y sobresaltado. No sabía qué hora era. La brisa que entraba por la ventana, que se había dejado entreabierta aquella noche cuando se metió en la cama, acariciaba su cara y su torso desnudo. En apenas unos segundos, aún con la respiración agitada, se dio cuenta de que había tenido una pesadilla que ya no recordaba, se tapó con la sábana y volvió a recostarse sobre la almohada. Se encontraba -y se sentía- solo. Era su primer aniversario de boda y su mujer ya estaba muerta.

La puerta de la habitación también estaba abierta. Empezó a percibir algunos sonidos de la planta baja de la casa y del jardín. Las manecillas del reloj de la cocina, el ladrido seco del perro del vecino, el riego por goteo, el carraspeo de las hojas de los árboles y el balanceo del columpio que se movía sólo con el viento se convirtieron en una orquesta improvisada en aquella madrugada de verano. Respiró profundamente y, dándose media vuelta, todavía algo inquieto, rescató de entre las sábanas uno de los cojines que solía poner entre sus piernas para dormir desde que se fue su chica. Lo abrazó con fuerza.

La cama se le quedaba demasiado grande aquella noche. Suspiró. Para calmarse empezó a imaginarse que acariciaba a su mujer y que, en la penumbra, mientras ella dormía boca abajo, descubría cada uno de los lunares de su cuerpo. Y que se entretenía con los más rugosos. Pero seguía inquieto. No lograba dormirse.

El ambientador olía a jazmín. Recordó que aquella flor pequeña era la que más le gustaba a María. El día en el que se casaron, hace un año, María llevaba en su melena castaña una corona de jazmines. En la noche de bodas, en plena efervescencia, llegó a pensar que en el universo entero siempre sería primavera, aunque se casaron el día uno de marzo.

Mientras recordaba el olor a jazmín con aquel aroma postizo y revivía con resignación la primera noche que pasaron abrazados en aquella cama, su corazón empezó a latir cada vez con menos fuerza. Y se quedó dormido.

Al rato -no sabía cuánto tiempo había pasado- se desveló sobresaltado con una especie de silbido que retumbó en sus oídos. Pero nadie había podido poner la cafetera en la cocina. Su chica ya no podía madrugar. Con dolor en todo el cuerpo, se desperezó y abrió los ojos. Todavía era de noche.

El paisaje de la libertad

Aquel pintor de brocha gorda de cuarenta años, llegó a su casa, dejó el abrigo, la bufanda y el petate colgados en el perchero del recibidor, y se fue directo al sillón de la salita. Eran las diez de la noche. Se llamaba Manolo. Sin encender la luz, se dejó caer en aquel asiento acolchado, recostó su cabeza sobre el cojín desgastado que tenía justo detrás del cuello y cerró los ojos por unos segundos. Aún no sabía que aquel día comenzaría, por fin, a vivir. A ser libre.

      Tras un largo bostezo que pareció el aullido de un lobo, estiró el brazo para darle un manotazo al interruptor. Tras recostarse de nuevo en el sillón, mientras que la luz de aquella habitación tintineaba y ganaba textura con temor, simulando el amanecer, Manolo cogió el cuaderno y el estuche con lápices que tenía en la mesa camilla que había heredado de su abuela. Como cada noche de invierno, se tapó con una manta de croché y empezó a completar el boceto de un paisaje que nunca daba por acabado. La habitación terminó de iluminarse por completo.

Después de trabajar como un negro durante doce horas —su especialidad era pintar oficinas de blanco roto— aquel dibujo era la única luz que le quedaba en su asfixiante vida. Era una llama muy pequeña. Casi imperceptible. Pero poderosa. Sin quitarse el mono de trabajo, que parecía un lienzo con los primeros trazos de un cuadro impresionista y con algún que otro agujero provocado por el disolvente, todas las noches se dedicaba durante al menos media hora a perfilar las tonalidades de azul del río de su dibujo. Y pintaba de verde las ramas de los árboles. Y hacía malabares con las gamas de marrón en los troncos y en las laderas de las montañas. Cuando se cansaba de pintar, engullía tres cervezas, una tras otra, en apenas cinco minutos, y, más contento que cuando empezó el día, acababa babeando sobre la almohada de su cama.

Manolo no tenía esposa. Tampoco hijos ni perro. Pero debía pagar la hipoteca que le habían dejado en herencia sus padres. Por eso, de lunes a sábado, se levantaba a las seis de la mañana cuando sonaba el teléfono negro que tenía en la mesita de noche, al lado de una foto suya vestido de comunión que había colocado allí su madre, que en paz descanse. Sentado en la cama, con los ojos sellados aún por las legañas, escuchaba cuál era el encargo del supervisor, un hombre testarudo, grotesco y con una panza enorme que dirigía con vara de hierro un negocio de pintura a domicilio que no era suyo. Se llamaba Adolfo. Pero aquella noche el teléfono sonó antes de tiempo, cuando aquel pintor miraba por última vez su paisaje.

—Manolo, ¿qué haces?

—¿Ya son las seis de la mañana, don Adolfo?

—No, borrachín. Tenemos curro. Te quiero entero en el Ministerio de la calle Bailén en una hora, a las once y media en punto, ¿entendido? Mañana va el gobernador a inaugurar unas nuevas oficinas y el pintor que iba a trabajar toda la noche nos ha dejado tirado. Deja de beber cervezas, holgazán.

—Sí, bwana—dijo el pintor poniendo cara de asco y frunciendo el ceño. Pero el supervisor ya había colgado el teléfono.

Manolo cerró el cuaderno, dejó el estuche en la mesa camilla, se puso el abrigo y la bufanda, metió pequeñas latas de pintura de colores en el petate y salió de nuevo a la calle. Durante los diez minutos que fue caminando hasta la calle Bailén, mientras tomaba bocanadas de aire para poder aguantar la insolencia de don Adolfo a esas horas, aquel pintor de brocha gorda siguió dibujando el paisaje en su cabeza. Se imaginó el cielo encapotado. Con las ramas de los árboles rotas tras un fuerte vendaval. En la puerta del Ministerio le esperaba don Adolfo, que le tiró las llaves con desdén y le dejó todo el material medio tirado en la puerta del edificio.

—Me voy a dormir, borracho. Habrá un guarda de seguridad en la puerta y algún que otro obrero trabajando a destajo. No me pongas cara de pena, cacho carne, que no te van a comer los fantasmas. A las nueve de la mañana vengo a recoger el material y mañana te dejo unas horas libres para que puedas dormir la mona. ¿A que soy bueno?

—Sí, bwana —volvió a repetir susurrando mientras que el supervisor se daba la vuelta para meterse en la furgoneta. Manolo estuvo a punto de escupirle en la espalda, pero se contuvo. “¡Será hijo de puta!”, gritó cuando ya nadie le oía. “La venganza, mejor la serviré en plato frío”, pensó mientras se mordía la lengua.

Ya dentro de aquel edificio de oficinas, con sólo la mitad de las luces encendidas, Manolo inició el mismo ritual de siempre. Ablandó la brocha con disolvente. Destapó las latas de pintura. Y miro a la pared. Cuando iba a resignarse para empezar a llenar aquel lienzo de color blanco roto, recuperó en su cabeza la imagen que estaba rumiando desde que salió de casa. Sacó de su petate una pequeña lata de pintura verde, una de color marrón y otra de color azul. Manolo, acarició la brocha como el mismo cariño que si fuera un pincel, sonrió con picardía y empezó a pintar mientras canturreaba. Por la mañana, la pequeña lucecilla que iluminaba todas sus noches sería más fuerte que nunca. Estaba dibujando en la pared del Ministerio el paisaje más bonito del mundo. Y deslumbraría a todos. Sobre todo al ministro y a don Alfonso.