Urgente: un regalo de última hora del Rey Baltasar

Quiero darte esta noche un regalo muy especial. Compartiré contigo una historia que viví hace ya muchos, muchísimos años… Recuerdo cada instante de aquel día como si hubiera ocurrido ayer mismo. Es sin duda el momento más especial de toda mi vida. Y lo viví junto a dos buenos amigos, Melchor y Gaspar.

Los tres llevábamos de viaje varios meses. Estábamos muy cansados. Aunque íbamos acompañados de varios sirvientes, el viaje se hacía cada vez más pesado. Tras hablar con el Rey Herodes estábamos más confundidos que nunca: él no sabía nada de otro Rey que debía nacer en Judea. Como buenos magos mirábamos constantemente al cielo y la estrella que perseguíamos gracias a los conocimientos astronómicos de Melchor se había detenido en Belén. ¡El problema es que allí no había rastro de ningún niño! ¡Y mucho menos de ningún Rey!

Aquella misma noche vimos a un grupo de pastores alborotados en medio del pueblo. No paraban de hablar. Estaban muy contentos. Les había pasado algo. Nos acercamos a preguntarles qué les ocurría y nos dijeron que muy cerca, a las afueras de Belén, habían conocido a un niño precioso recostado en un pesebre, recién nacido, a su madre y a su padre. Y nos dijeron que teníamos que ir a adorarle. “¿Pero cómo iba a estar el Rey que estábamos buscando en un pesebre?”, pensé.

Al final los tres decidimos ir a buscar a aquel niño. No perdíamos nada. ¿Sería aquel niño recién nacido el Mesías al que nos tenía que llevar la estrella? Nos tuvimos que alejar bastante de la ciudad de Belén, que estaba iluminada por antorchas, y nos sumergimos en la oscuridad del campo, entre varios olivos. Entonces, de repente, oímos aquel llanto. “Buahhhh. Buahhh”. En un establo. A lo lejos vimos al niño en brazos de una mujer sentada, su madre. El padre avivaba un fuego para que los tres entraran en calor. Junto a ellos había un buey, una mula y un burrito marrón oscuro.

Y de repente, nos vieron a lo lejos. Pero en vez de asustarse, la mujer, que mecía al niño en sus propios brazos, nos hizo un gesto con la mano para que nos acercáramos. Tanto ella como el padre nos sonrieron. Decidimos acercarnos a aquel lugar inhóspito pero que sentíamos muy cálido. No sabíamos muy bien por qué.

Nunca olvidaré que el niño se me quedó mirando fijamente unos segundos y que justo en aquel mismo instante sentí en mi corazón un fuerte pálpito. Mis rodillas se quebraron y me arrodillé ante aquel bebé regordete, que estaba a punto de quedarse dormido en los brazos de su mamá. Así fue mi primer encuentro con Dios. Lo vi en brazos de una mujer preciosa, que me sonrió con dulzura. Cuando me puse de nuevo de pie, aquella mujer me habló y me dijo: “¿Me ayudas? ¿Quieres cogerlo un momento?”. Yo le dije que no estaba acostumbrado a coger a un bebé. Y ella me respondió: “Le vas a gustar, ya lo verás”.

Después de aquel momento tan especial cada vez que me he encontrado a un hombre y a una mujer sin hogar, a un niño llorando que necesitaba consuelo, a una persona que tenía frío, a un enfermo que se sentía solo, o simplemente alguien que no tenía un lugar en el que reposar la cabeza, me he acordado de aquel niño tan especial. Tan bonito. ¡Tan luminoso! Y de aquella madre y de aquel padre que no tenían sitio en la posada de Belén. El niño se llamaba Jesús, la madre María y el padre José.

Sólo quería decirte una última cosa. Que tú también tienes la oportunidad de coger al niño Jesús en brazos. Hoy mismo si quieres. De hecho, ¡ya lo has cogido tantas veces sin ni siquiera darte cuenta..! Cuando has cuidado de un niño; cuando has atendido a un enfermo; cuando has dado una palabra de consuelo sincera a un desconocido; cuando has mirado a los ojos de aquellos pobres que viven rodeados de edificios pero cuyo techo es, con suerte, una caja de cartón… 

Si pones los ojos en el Cielo -que no está arriba de tu cabeza sino en lo más profundo de ti, en tu corazón- siempre habrá una estrella que te indique que cerca, más cerca de lo que crees, hay un Niño envuelto en pañales. ¡Bendito Niño! Si te atreves a buscarle probablemente su madre, sonriendo, te diga: “¿Me ayudas? ¿Quieres cogerlo un momento?”

Te manda un abrazo enorme,

El Rey Baltasar